TEMPORADA DE BRAGAS, por VALERIA.


Había calor. El efecto sauna de los pantalones se hacía insoportable y las piernas pedían a gritos la libertad confiscada desde noviembre, protestando con ardientes latidos para hacerse oír.

Echada en el sillón,levanté la cadera y metí los dedos por la pretina del pantalón, empujando, liberando mi culito y tirando desesperada por las perneras, al borde de la combustión.

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“Queda inaugurada la temporada de estar en bragas”, dijo mi chico contento, con una sonrisa de oreja a oreja mientras observaba con atención mi piel descubierta sobre el sillón.

“Hace calor…”, dije sofocada.

Me estiré y me restregué sobre la tela del sillón, mirando mis pies acariciarme, subiendo y bajando por las piernas, alternándose en el placentero masaje sin que pudiera evitar seducirme a mí misma ante la imagen.

Subiendo la mirada por las rodillas y los muslos, contando los lunares, llegué a las braguitas, bajo las que se adivinaban dos montículos carnosos con ganas de juego, sintiéndolos mojados entre mis ingles.

“Me encanta la temporada de bragas…”, confesó mi chico, imaginando mi culito contonearse libre hasta octubre, babándose ante la oportunidad de pellizcar piel y no pijama, de recrearse la vista ante las situaciones más cotidianas, consciente de lo mucho que me pone sentirme observada.

“¿En qué piensas?”

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“En nada”…, dijo con cara de pillo mientras alargaba la mano para acariciarme.

“Te gusta mi culito…”

“Me encanta tu culito…”, gruñó como si lo estuviera palpando, aumentando mi excitación, yendo en su busca, trepando hasta su sillón…

Sentada sobre la entrepierna de mi chico, su dureza se sentía más incómoda que un sillín de bicicleta, pero excitante, al poder restregarme contra ella, llegando a estimular los puntos exactos de placer. De espaldas a él, le regalaba un primer plano de la temporada de bragas, como un estreno en primicia que palpaba y recorría sin cansarse, jugando con mis nalgas, haciendo que las braguitas se metieran entre ellas cuando tiraba desde la cinturilla y sacándolas de nuevo al chasquido del elástico.

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“Me las vas a esbarar…”, me quejé en un suspiro, ignorando mi propio comentario, que cayó en el olvido al sentir cómo se incrementaba el roce con el último tirón, que había dejado mis labios fuera. Mis jugos empezaron a bañarlos, sin algodón que contuviera el efluvio, impregnando también su pijama con el vaivén de mi cadera.

Mi entrepierna ardía por la necesidad de tenerlo dentro, de sentirlo abriéndose paso hasta llegar a un tope para después continuar con mi baile, restregando el clítoris contra su piel.

Me leyó el pensamiento. Levanté el peso de mi cuerpo para que se bajara los pantalones mientras mis dedos echaban a un lado mi ropa interior, empapada, para tocar un poco la jugosidad de mi deseo. Acaricié su pene y gemí al verlo, guiándolo para que el capuchón recorriera mis desesperados pliegues hasta la pequeña entrada que se bababa al verlo, tan suave, tan brillante.

Podía sentir la mirada de mi chico observando desde la retaguardia mientras mis labios rodeaban su preciada arma, succionándolo sin remedio, haciendo que contuviéramos la respiración al ir dejando caer el peso de mi cuerpo hasta hacerlo desaparecer no por magia, sino por la física de los cuerpos.

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Llena, rebosante, empecé mi baile, acariciando y dándome placer con el saquito apretado que tan a mano me quedaba, gimiendo él a mis espaldas, sujetándome las caderas, apretando mi culo, escuchando mis jadeos, inaugurando por todo lo alto su temporada favorita del año.

“Taládrame…”

Abrí las piernas todo lo que pude y me dejé caer sobre su pecho, sus manos recorrieron mi cuerpo, acariciando los pezones por debajo de la camiseta y buscando la ruta del ombligo, esa ligera hendidura en medio de mi abdomen que le encanta. Siguió bajando hasta llegar a mi pubis y fue directo a mojar sus dedos, rozando su pene mientras entraba y salía de mi cuerpo.

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Arqueada, me dejaba hacer sintiendo su aliento en mi cuello, sonriendo al sentir sus manos agarrar de nuevo mi cintura y su cuerpo elevarse, afianzando los pies para hacérmelo con fuerza.

Salió hasta dejar solo la puntita dentro, embistiéndome con fuerza, sacando de golpe todo el aire de mis pulmones en un jadeo y empezó a repetir el movimiento cada vez más rápido.

“Más…, más fuerte…”, grité con la voz temblorosa, agitada.

Sentía su pene caliente por la fricción, por la fuerza del intenso galope inverso de mi montada, de la pasión de querer darme todo el placer que podía hasta que la contracción continuada de sus glúteos estallara conmigo, dentro de mí.

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“Siiii…”, grité desesperada, notando el rubor de placer recorrer mi cuerpo como una abrasadora lengua de fuego que pareció contagiar a mi chico para que acabara en un gruñido, desplomándose sobre su espalda, quedándose dentro, abrazándome hasta recuperar el aliento.

 

Si quieres leer más relatos de esta autora, que nos encanta, puedes visitar su blog : http://loslabiosdevaleria.com/

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